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La vivencia del transcurso del tiempo en música implica movimiento. La esencia de esta experiencia es portadora de la cualidad afectiva de la música, algo a lo que quienes se acercan a ella desde la danza son muy sensibles, incluso muchas veces son exclusivamente sensibles a esta dimensión afectiva del discurso musical. Conocer y analizar la estructura que subyace a tales experiencias nos enriquece tanto a músicos como a bailarines. La educación musical de estos últimos, contemplando estas cuestiones, resulta entonces sustancial para su formación.
La danza es en esencia movimiento, al igual que la música. La educación musical de los bailarines y/o educadores del movimiento de las más diversas áreas no puede dejar de soslayar esta perspectiva, y enriquecer tanto el lenguaje corporal como musical de los futuros bailarines y/o educadores del movimiento o la expresión corporal.
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